La elección como impronta, o por qué estamos aquí reunidos
Elegimos, y nos eligen. Pero, ¿cómo exactamente? ¿Qué mecanismos sutiles se activan en nuestro inconsciente para que la imagen de una persona se nos grabe en el alma, mientras que otra no despierta el más mínimo eco?
Las respuestas posibles son innumerables, pues la humanidad se ha hecho esta pregunta desde tiempos remotos. Escritores, poetas y filósofos han propuesto sus hipótesis — y, en realidad, casi todos tenemos una opinión al respecto. Nosotros encontramos nuestra respuesta en la intersección entre la biología y la psicología del inconsciente, y la designamos con una palabra: «impronta».
Desde el punto de vista biológico, la impronta (del inglés imprint — dejar huella, grabar, marcar) es una forma específica de aprendizaje en animales y seres humanos: la fijación en la memoria de los rasgos de ciertos objetos — progenitores, parejas sexuales, alimentos, enemigos permanentes.
El término fue introducido por el célebre biólogo de la primera mitad del siglo XX Konrad Lorenz, que estudiaba el comportamiento de las aves de corral. Resultó que si a un polluelo de un día, en lugar de su madre gallina, se le muestra una pelota de goma, ¡la aceptará como si fuera su madre! Más tarde se descubrió que las aves silvestres criadas en cautiverio, rodeadas de humanos, jamás formaban pareja: sencillamente no percibían a los individuos de su propia especie como parejas sexuales. Y algunas incluso intentaban «aparearse» con personas.
Sorpresa: con los humanos ocurre exactamente lo mismo. Las primeras impresiones inconscientes relacionadas con el amor y el sexo se forman a una edad muy temprana (los científicos la llaman «edad sensible») y dejan una huella indeleble en la futura elección de pareja. Dicho de forma sencilla y resumida: la imagen de la persona amada se construye en la infancia a partir de la figura más significativa del sexo opuesto.
Vídeo: Konrad Lorenz — la impronta (psychologos.ru)
Carl Gustav Jung, por ejemplo, escribió sobre ello en su libro «Recuerdos, sueños, pensamientos»:
Mientras mi madre no estaba, me cuidaba nuestra criada. Aún recuerdo cómo me tomaba en brazos y apoyaba mi cabeza sobre su hombro. Tenía el pelo negro y la piel morena, y no se parecía en nada a mi madre. Todavía hoy veo la línea de su cabello, su cuello y sus lunares, su oreja. Ese tipo de muchacha acabó formando parte de mi ser espiritual, de mi ánima.
El saber popular dice que los jóvenes eligen a chicas que se parecen a su madre, y las chicas, a chicos que se parecen a su padre. Aunque no es del todo exacto: el papel del padre o de la madre pueden desempeñarlo otros adultos importantes, como la niñera del pequeño Carl Jung, futuro psicólogo; y la palabra «parecido» tampoco es del todo precisa.
En primer lugar, puede improntarse tanto la imagen completa como un único rasgo significativo (por ejemplo, la línea del perfil o el aroma de un perfume); en segundo lugar, siempre existe el problema de la descripción. En esencia, nadie puede caracterizar con suficiente precisión esa imagen: primero hay que extraerla de la memoria e interpretarla, prepararla para la comparación. Esa tarea la puede llevar a cabo un psicólogo que sepa trabajar con su propio inconsciente (véase «Recuerdos...» de Jung), pero difícilmente una persona común.
¡Y qué panorama tan interesante — y prometedor — se dibuja! Supongamos que tenemos un algoritmo que calcula la pareja ideal a partir de la impronta: él se parece a nuestra «imagen ideal» grabada en la infancia, y nosotros nos parecemos a la suya. Existe la posibilidad de conversar y acordar un encuentro. Y... eso es todo. En definitiva, el problema de encontrar pareja está resuelto: a partir de ahí entran en juego las actitudes personales y la competencia comunicativa, sin la cual, en cualquier caso, no se construye una relación.
Pues bien: nosotros sí tenemos ese algoritmo. Mejor dicho: ¡es precisamente en él en lo que se basa nuestro servicio de citas! Nada de prueba y error: solo conoces a personas con las que existe una posibilidad real desde la perspectiva del inconsciente.
¿Tan sencillo? ¿Y por qué a nadie se le ocurrió antes? Pues porque no existía ese objetivo. Intente recordar: ¿quién explica realmente el sistema de afinidades y filtros en las citas? Esta pregunta rara vez se la plantean tanto los creadores de los sitios de citas como sus usuarios. A qué conduce esto (spoiler: a nada bueno) y por qué en nuestro caso es diferente, lo contaremos en los próximos artículos.