¿Qué sabe la ciencia sobre el amor y qué debería saber una persona común?
El amor es un fenómeno maravilloso en la vida del ser humano que no se puede ni se debe describir desde un punto de vista científico — consideran unos. Otros, en cambio, están convencidos de que cualquier emoción, sentimiento o pasión es el resultado de procesos complejos que ocurren en nuestro organismo y que, por tanto, pueden estructurarse y describirse.
La comunidad científica despoja al amor de su misterio e inexplicabilidad y ofrece una descripción bastante precisa de todos los procesos que abarcan tanto el enamoramiento fugaz como la fidelidad de por vida.
¿Cómo describe el amor la ciencia moderna?
La forma más sencilla de entender la definición científica del amor es desde la neurobiología. En el estudio de Ortigue S. y colaboradores titulado «Meta-análisis de evidencia sobre nuevas perspectivas en medicina sexual (The Journal of Sexual Medicine. 2010. V. 7)», los investigadores concluyen que el amor es una «motivación dopaminérgica orientada a un objetivo para la formación de vínculos de pareja».
En palabras sencillas, en el cerebro humano, bajo la influencia de sustancias químicas —en particular, el neurotransmisor dopamina—, comienza a formarse una actitud propia hacia el objeto de atracción. Este proceso suele implicar un alto grado de exageración. Al objeto de atracción se le atribuyen cualidades inexistentes, mientras que los rasgos negativos de carácter se suavizan e ignoran. En el folclore y la literatura son bien conocidas las expresiones que describen estos fenómenos: «El amor es ciego», «El amor todo lo perdona», «Si amas, perdonas».
En realidad, la función del amor como fenómeno que surge entre dos personas es llevarlos a formar un vínculo de pareja, garantizando así la continuidad de la especie y el cuidado posterior de la descendencia. Aunque no siempre es así. En algunos casos, la vida en común resulta más sencilla, ventajosa y racional. Surge entonces una situación conflictiva: las normas sociales entran en contradicción con el subconsciente.
El proceso de transformación de una simple simpatía en enamoramiento y luego en amor verdadero es posible gracias al mantenimiento de niveles elevados de dopamina. Es imposible idealizar a otra persona durante mucho tiempo sin una compleja cadena de valoraciones subjetivas sobre uno mismo y los demás. Aproximadamente con el mismo principio se alcanzan los objetivos a largo plazo. Por ejemplo, si se vislumbra un beneficio concreto, aunque sea a largo plazo, la dopamina mantendrá la motivación durante muchos días, meses e incluso años. Procesos similares se observan en el organismo de una persona enamorada.
La situación es distinta cuando se trata del amor a la patria, a una afición o al trabajo. Aquí no se puede negar la influencia de la «caja tonta». Pero en cualquier caso, entra en juego otro neurotransmisor: la oxitocina. Esta refuerza el vínculo social y permite sentirse un elemento útil de la sociedad. Por ejemplo, la concentración más alta de oxitocina de toda la vida la experimenta la mujer justo después del parto. Es un estado indescriptible de felicidad, plenitud y amor provocado por el aumento múltiple de la concentración de hormonas, en particular de oxitocina. Al parecer, este mecanismo es necesario para vincular lo máximo posible a la madre con el hijo, garantizando así los intereses del organismo recién nacido.
El «amor» posterior, que se manifiesta en el cuidado del hijo durante los años siguientes y que conlleva un aumento de las cargas psicoemocionales y físicas, no es más que una reconfiguración del estado hormonal. Aumentan los niveles de adrenalina y cortisol, y cambia la concentración de otros neurotransmisores.
El amor a la patria, el voluntariado, la ayuda a los necesitados: estos procesos están regidos por el sistema hormonal, que recompensa con la liberación de oxitocina y serotonina cuando la persona aporta su contribución. Probablemente, en la antigüedad la supervivencia solo era posible en comunidad, y por eso nuestro organismo funciona precisamente así.
Por lo tanto, se puede llegar a una conclusión sencilla: el amor no es en absoluto lo que la gente común imagina. Mientras que las personas creativas pueden atribuir al amor todo el misterio que quieran, la comunidad científica no mistifica este fenómeno, sino que lo describe de manera bastante concreta.
Cómo el marketing y las ventas —máquinas de dinero poderosas— utilizan el concepto del amor en su propio beneficio
En su libro «Todos los especialistas en marketing son mentirosos», Seth Godin analiza cómo los profesionales del marketing cuentan diferentes historias para animar al público a amar sus productos, servicios o a ellos mismos. Y nosotros, cuando creamos relaciones, también somos especialistas en marketing, ¿no es así?
Una de las necesidades humanas más importantes no es solo amar, sino también ser amado. Esto se manifiesta en los distintos niveles de la vida social. El empleado aspira a ser respetado en su entorno laboral, el funcionario se alegra con cada condecoración gubernamental, y el empresario, con las reseñas positivas sobre el trabajo de su empresa.
En la molesta publicidad de un detergente no se enumeran las características químicas, pero sí se pueden ver niños felices que aman a su madre. El anuncio de un automóvil de gama alta rara vez prescinde de relojes caros, trajes elegantes, una carretera segura y una mujer hermosa que, probablemente, respeta y ama a su acompañante, además de admirarlo.
Todo hombre exitoso quiere ser amado. Por eso jamás aceptará que un automóvil es solo un medio de transporte. La excepción podría ser un médico reconocido, un pedagogo u otro profesional cualificado que recibe «amor» por otras vías y, por tanto, no siente la necesidad de un coche caro, aunque pueda permitírselo. Pero es poco probable que esas personas resistan el ataque de los especialistas en marketing que, a través de las pantallas de televisión, les hablan de lociones para después del afeitado, perfumes, marcas de calzado o tiendas de ropa.
La impronta y el amor en la infancia
A pesar de que cada persona tiene sus propias demandas y preferencias, sentimos una atracción constante hacia el mismo tipo de personas. ¿Lo han notado? El cerebro parece evaluar continuamente a aquellos con quienes podríamos entablar una relación y, al final, se centra siempre en lo mismo. Se trata tanto del aspecto físico como del mundo interior. A unos les gustan los reflexivos, a otros los alegres y optimistas. Algunos encuentran siempre a «la pareja equivocada», lo que bien describe la sabiduría popular: «Si el tercer marido también bebe, el problema no es el marido». Todo se debe a la impronta, un mecanismo de fijación de imágenes que se forma en la primera infancia.
¿Y dónde empieza todo? ¡En la infancia, por supuesto! La comprensión del amor comienza con el amor en la niñez: los padres le dicen al niño que lo quieren. No se trata de amor, sino de una forma de manifestar su función social. El niño es una criatura indefensa, un miembro no autónomo de la sociedad, por lo que el padre debe ser una autoridad.
Los padres cariñosos, en realidad, no aman a sus hijos, sino que activan el llamado sistema conductual de establecimiento del apego. Es un modelo psicológico simple y comprensible que proporciona apoyo emocional y protección tanto al bebé como al niño y al adolescente.
En cualquier caso, el amor en la infancia con el que los padres protegen a sus hijos se transforma, décadas después, en el amor que los hijos sienten hacia sus padres. En realidad, funciona siempre la misma oxitocina, el neurotransmisor cuya tarea es garantizar la interacción estrecha de un organismo biológico concreto con la sociedad en general y con las personas cercanas en particular.
La influencia de la ficción literaria y el cine
En los primeros años de escuela, el niño se familiariza con el concepto de amor a la patria y a la tierra natal, y en la secundaria, con numerosas obras literarias y cinematográficas. Las vivencias amorosas presentadas de forma colorida ayudan a los niños a ver otro lado del amor: los sentimientos, el romanticismo, los suspiros melancólicos y demás. Pero las relaciones en el cine y la literatura no son amor en absoluto, sino meros fragmentos de la vida de los personajes. Todo lo demás, incluido lo que resulta menos atractivo para la vista y el oído del lector o espectador, simplemente se ignora.
De ahí surge la impresión de que el amor trágico y sacrificial es algo maravilloso, cuando en realidad encontrar «algo así» en la vida es extremadamente raro.
Tras recibir ideas subjetivas sobre el amor, el niño se convierte en adolescente y luego en adulto sin comprender los principios del sistema hormonal, que explican de forma bastante sencilla qué es el enamoramiento y por qué «el amor dura tres años».
Helen Fisher, experta en antropología de la Universidad de Rutgers, sostiene que el amor es una emoción por etapas que debe entenderse como una sucesión de fases. Lo compara con la sed o el hambre. Y, en realidad, ¿acaso podemos mistificar o romantizar el estado de una persona hambrienta o de alguien que salió a correr un largo trayecto pero olvidó su botella de agua?
El amor a primera vista, sobre el que se han rodado tantas películas y escrito tantos libros, no es más que una poderosa sacudida del organismo. Usted mismo sabe que la aparición de una simpatía que se convierte en apego y luego en «amor» es cuestión de segundos. De nuevo entra en juego la impronta. La persona nueva no es realmente nueva, pues su imagen ya le resulta familiar. Como resultado, la percepción de la realidad se distorsiona, la pareja se idealiza y la persona busca la solución del problema fuera de sí misma. Aunque, desde el punto de vista de la neurobiología, se trata simplemente de una reacción del organismo ante un estímulo externo.
Sin haber conocido el aspecto biológico del amor y habiendo recibido únicamente numerosas ideas distorsionadas, las personas comienzan a conocer a otros en la vida real y en Internet con la intención de iniciar una relación, pero ya arrastran tantos patrones de comportamiento erróneos que la probabilidad de un desenlace positivo es extremadamente baja. Solo tras décadas de intentos fallidos las personas logran adaptarse unas a otras, y ni siquiera siempre.
Muchos no entienden qué es el amor ni si existe realmente, a pesar de verlo en anuncios publicitarios, artículos de prensa, libros y vídeos de entretenimiento. Incluso la simple pregunta de qué es el amor desconcierta no solo a un recién graduado, sino también a una persona muy educada.
La autoeducación puede ayudar a prepararse para una percepción adecuada del enamoramiento y del amor, así como a aprender a reaccionar correctamente ante los instintos. Daniel G. Amen, en su libro «El cerebro y el amor. Secretos de la neurobiología práctica», ofrece una descripción detallada del funcionamiento del sistema hormonal y aporta numerosas referencias a resultados de investigaciones científicas realizadas, entre otras técnicas, con tomografía computarizada. Demuestra de forma contundente que la obsesión desenfrenada, el enamoramiento ciego y el amor no correspondido son alteraciones en la concentración de adrenalina, noradrenalina, serotonina, dopamina y feniletilamina.
Pero, ¿qué hacer con ese conocimiento? Porque si uno comprende la explicación científica de qué es el hambre, no dejará de tener apetito. Cierto, pero entenderá cómo gestionar el hambre correctamente, cómo evitar comer en exceso, qué alimentos son beneficiosos y cuáles perjudiciales.
¡Así que fuera suspiros melancólicos y demás lirismos! Todo es cuestión de química e impronta.
Para encontrar el amor verdadero, se puede profundizar en el funcionamiento del organismo y realizar una serie de experimentos para identificar las reacciones del propio cuerpo.
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